Reúno en este espacio textos de mi autoría que son productos de investigaciones, búsquedas bibliográficas, reflexiones, a veces serias, a veces no tanto, sobre los temas de estudio que transité: el lenguaje, la lengua, el juego de la gramática, el discurso, la enseñanza, la práctica educativa, los libros, y también la aventura maravillosa de haberme internado en el siglo XVI en la selva paraguaya a través de un estrecho ventanuco: las cartas de los soldados que vinieron a este extremo sur del continente. Muchos de estos trabajos fueron publicados en actas de congresos, unos pocos bajo el formato libro, y otros tantos tienen existencia virtual. Tal vez a algún lector le interesen, lo que constituirá para mí un momento de alegría. GLADYS LOPRETO

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lunes, 17 de agosto de 2020

La vaca estudiosa es abuela y va a la escuela

Escuché y vi por Facebook a Pablo Aristizábal en diálogo radial sobre educación con Felipe Pigna, hace un par de días, y me pareció necesario aclarar que la que es abuela es la vaca estudiosa, no la escuela.

Conocí (virtualmente) al primero en 2015, en un artículo donde hablaba de la plataforma que había creado: “Aula 365”, y al mismo tiempo de la importancia de la otra aula, la de las cuatro paredes, lugar del encuentro diario entre maestra/o y alumnas/os. P. A. decía de esta última –material, concreta, tangible, donde se da el contacto humano- que es insuperable, y también lo diría de la otra, la que él había creado, el aula extendida, virtual, vistos además como dos espacios compatibles, uno continuidad del otro. Yo lo citaba justamente porque, siendo él un especialista en la realidad virtual, ponderaba la necesidad, la condición de imprescindible del aula ‘de carne y hueso’ donde se dé la reunión y el contacto de chicos entre sí y en torno a un adulto acreditado: el o la maestra.

Así reconocía las dos partes que apuntaban a un mismo objetivo: la educación de niños y adolescentes. Ese doble camino presentaba diferencias de lenguajes y de situaciones, de sentimientos y emociones, que sin duda podían complementarse perfectamente, aunque con un rango de especificidad en lo formal, incluso de complementariedad, el mismo que nos salva en la actual situación en la que, como todos sabemos, una de las partes está suspendida y el único camino que por el momento tenemos es el virtual. Sin duda, en paralelo, la creación de las plataformas es admirable, fascinante, maravillosa, en cuanto lo que significa a la educación y al conocimiento, a los logros culturales que pueden esperarse de esos emprendimientos.

Pero el mismo autor que en 2015 afirmaba que la plataforma no remplaza al maestro, al cual consideraba entonces insustituible, ahora, en la conferencia última, habla de escuela y plataforma de modo que hace pensar que se trataría de dos creaciones opuestas. Porque mientras se ve a la plataforma como la estación espacial, entrevistador y entrevistado coinciden en que la escuela es ‘una abuela de 120 años’ (sic). Así, en femenino, y más allá de si abuela/o equivale o no a atraso, nos están diciendo que nuestra escuela es la de 1900. Con esto me hacen pensar que no conocen bien a los docentes, quienes mayormente se preocupan por estar actualizados (o al menos parecerlo).

Cuando oía estas cosas pensaba: qué poco conocen a los docentes. La prueba la dio el mismo Aristizábal, -él también un docente- cuando confesó con ingenuidad su asombro ante el hecho de que, de los que adhirieron a la plataforma, el 70% correspondía a directores de escuelas públicas, lo que implica equipos docentes y alumnos (sí, de escuelas públicas, casi siempre minusvalorizadas).

Eso de que la escuela es una abuela, con lo que se asimila una institución a los ciclos de vida de un organismo, parece una mirada más bien biologicista. La escuela es una institución en constante proceso vivido por generaciones de docentes, a la vez aprendientes, que fueron construyendo y reconstruyendo con los alumnos el hacer educativo, que saben de hace rato que los chicos no son sacos vacíos (o en nuestra variedad, bolsas vacías) y que lo más importante no es llenarlos de contenidos. Al contrario, desde hace ya varias décadas se prioriza explícitamente el aprender a aprender, el desarrollo del pensamiento autónomo y más: preguntarse, cuestionarse, vincular conocimientos, buscar explicaciones, desnaturalizar prejuicios. Sin duda, repito, la tecnología ofrece posibilidades que pintan maravillosas y que además se brindan a todos (siempre que se superen las carencias en hardware, por supuesto), pero sumado a ello yo lo felicito a Pablo porque, tal vez sin saberlo, comparte los principios de una escuela nueva -que en realidad, siempre es nueva-, pese a que no mencione que eso que dice sobre la 'biblioteca' a regalar a cada niño ya lo dice Vigotsky (fallecido por 1938) y que la educación como diálogo y como actividad creadora ya lo plantean Paulo Freire, Piaget, Ferreiro, Jesualdo, Puiggrós, y muchos otros pensadores y pedagogos de los que se nutren directa o indirectamente los docentes concretos de nuestras aulas.

Resumiendo: lo de las plataformas es fabuloso y socialmente un aporte inigualable a los objetivos últimos de la educación, que son -tal como lo explicitan los educadores y los mismos documentos curriculares- aprender a aprender, desarrollar el pensamiento crítico. Es verdad que esos objetivos no se han logrado en su totalidad, pues están y estarán siempre en un hacer constante, pero darlos como nuevos y no existentes en esta ‘vieja’ escuela es desconocer la realidad, los trabajos y, ya que estamos con historiadores, desconocer también la historia.


lunes, 19 de agosto de 2019

INCLUSIÓN Y HUMOR

Pareciera que la furia del lenguaje inclusivo pasó, fue apenas una lluvia de verano (al menos de las de antes). Quedan unas nubecitas, caen unas gotas por acá o por allá pero la tormenta ya pasó y todo quedó más o menos como antes. Pero solo más o menos, por algo pasó lo que pasó, no?
Sin embargo algunas y algunos (respetemos el orden alfabético) se lo tomaron muy en serio y pasaron al correspondiente remplazo de las formas sexistas por las inclusivas (digamos que agregando a esos términos nuevos alcances) pero como siempre pudo verse algún rasgo de humor en el uso popular, que nos sorprende tantas veces: así, por ejemplo, el otro día vi detenerse  a un motoquero que llevaba la vianda a algún vecino, mostrando en su buzo y en la 'mochila' de la moto el nombre de la casa de comida: "MILANESES". Esos sutiles cruces son muy propios del habla popular y suelen quedar en la lengua, como aquella ingeniosa síntesis transgresora de 'lo fueron' que minimiza y disfraza irónicamente la dura verdad de 'lo echaron' o 'lo hicieron renunciar' (esta sutileza creativa fue de la época de Alfonsín, para los despidos masivos que vimos últimamente no sería adecuada).
Ya  antes hubo intentos igualitarios que todavía sobreviven por ahí: poner x en lugar de la vocal de género, pero resulta  engorroso imaginarse que uno pronuncia 'lkss compañerkss' ¿y que pasaría con el hábito de comerse las eses finales o de no pronunciar grupos consonánticos, decir 'esamen' por 'examen'? O sea, seríamos transgresores por un lado y correctos por el otro. Otro intento fue el de sustituir la variable o-a por el uso indistinto de @, pero algun@s (seguramente machist@s) protestaron porque la diferencia parecía inclinarse a favor de ellas.
Los que proponían x vendrían del área de las matemáticas o de la lógica, los de la @ vendrían de la informática. Entonces más tarde aparecieron propuestas que vendrían seguro del lado de la lengua (si es que de eso se trataba qué mejor que los 'cultos', los de las carreras humanísticas), quienes, sabedores de que en la gramática existe la terminación o-a para diferenciar género pero además también existe la terminación invariable -e que no diferencia género (puedo decir 'es triste' tanto si hablo de una inundación o de un terremoto, aplicar 'fue valiente' tanto a Juana Azurduy como a Miguel de Güemes, como 'alegres' a mujeres y a varones, etc.), propusieron que esta única vocal, neutra, intermedia (cualquier asociación con 'clase media' es responsabilidad del lector), remplazara a las opuestas  o-a, a menudo separadas por una grieta distinta a la que tanto se nombra.
Esta propuesta supera a las otras en que su vigencia no se limita al lenguaje escrito, donde son válidas maestrxs y maestr@s pero ¿cómo pronunciarlas? De modo que, con esto, necesariamente en la oralidad seríamos sexistas, En cambio, la -e permite escritura y pronunciación de expresiones como les maestres, les alumnes, lo que nos permite ser consecuentes tanto en un artículo de Página/12 como en una conferencia frente a un público o en un reportaje televisive (coherentemente cabe esta innovación pese a que la aplicación la vi solo para el plural y con el valor de masculinos + femeninos mezclados,  o sea: las maestras (=mujeres), los maestros (= varones), les maestres (ambos sexos). ¿Será así?
Y el singular con significación abstracta, generalizadora, que otrora iba en género masculino: los derechos del niño ¿cómo será? La solución coherente con esta propuesta sonaría raro, hasta diría algo afrancesado. ¿Será por eso que...? Tal vez no tanto pero algo parecido pasa con el plural les niñes.
Yo supongo que por todas estas razones (y no por otras) las y los que proponen el uso de -e  son quienes insisten también en decir la señora presidente y otros de la familia como intendente, alcalde, etc. Porque ¿acaso no es lo mismo que se siente en el sillón codiciado un hombre o una mujer? Unas y unos dirán que sí, otras y otros que no, y por supuesto depende de quién y de qué proyecto de país se trae, así como unos piensan que estamos en el homoceno y otros en el androceno.
Sin embargo como sabemos la forma presidenta, pese a los que no quieren aceptarla, quedó ya consagrada, y eso es porque la otra forma, la 'correcta', aunque termina en la -e neutra de alegre, inteligente, etc., es inconscientemente sentida como de género masculino. Algo parecido refleja cierto uso de los pronombres: le vi significa en casi toda España 'lo vi a él', en tanto que la vi equivale a 'la vi a ella'. O sea, le, les son sentidos masculinos.
Y con respecto al ´vulgar´(entiéndase 'popular´) presidenta: qué mejor homenaje a una mujer que ejerce la presidencia  o vicepresidencia que reconocerle el género.
Esto no es de ahora, de los lingüísticamente 'incorrectos'. Desde hace mucho la peluquera tenía sus clientas (aunque lo tildaran de 'vulgarismo') y las/os ginecólogas/os tienen sus pacientas, pero mucho, mucho antes, existían las sirvientas y nadie se quejó de que ese femenino era incorrecto, lo que se dice 'vulgar'; por el contrario, tal vez lo pensaran durante mucho tiempo como un atributo propio de ese grupo.

domingo, 5 de marzo de 2017

A VOS: SE PUEDE Y SE DEBE

“Es urgente que todos los argentinos sean conscientes de que aquí se habla mal”, decía Mempo Giardinelli en 2004, en su discurso ante el presidente de la Real Academia Española y las distintas academias de los países hispanohablantes que se reunieron ese año para el Congreso de la lengua en Rosario (2004). Qué frasesita ¿no? Tal vez lo motivó García de la Concha, el entonces presidente de tamaña institución, o la presencia de los reyes de España. De todos modos yo diría que innecesaria, porque los argentinos eso ya lo sabemos… Es decir, es una idea frecuente, está arraigada en el imaginario colectivo y en el imaginario escolar. Lo tenemos tan incorporado que cualquier uso que nos diferencie de los países hermanos en la lengua lo consideramos incorrecto: el yeísmo, el uso de palabras como pollera o rojo, pronunciar casa igual que caza, etc. ¿Pero qué pasa cuando nos encontramos con el cansao, partío de los madrileños?
La frase de arriba sirve para embarrar más la cancha, diría yo, porque contribuye a que descendamos más en nuestra baja autoestima como pueblo y a incrementar nuestra inseguridad lingüística, por la cual –y para dar un ejemplo- todavía hoy mucha gente y maestros de escuela piensan, en una mezcla de vanidad y de vergüenza, que vos es un invento argentino, que es otra de las formas incorrectas y groseras con que empobrecemos el idioma.
Digamos también de paso que, ante preguntas del tipo “¿los argentinos hablamos bien o mal?” nuestros alumnos nos responderían con otra pregunta, relativizando las ideas de bien y mal en la lengua. Pero además la afirmación de arriba no puede menos que ser impresionista, ya que es muy difícil y trabajoso, incluso para equipos de especialistas, arribar a una valoración cuantitativa y cualitativa del uso de una lengua por los hablantes, a lo que se debe agregar que la lengua cambia constantemente, a la par de la cultura, incluso de la política.
Pero volviendo a nuestro vos, aclaremos que aunque es nuestra forma para el pronombre de segunda persona singular –cuyo sentido es señalar al interlocutor, es decir a ‘la persona que habla conmigo o con nosotros’-, no lo inventamos por estas orillas de juncos y río color de león. Vale la pena repasar su historia para aventar algunos prejuicios residuales que tenemos los argentinos, especialmente las directoras de escuela.
Como cualquier hablante lo sabe, al menos operativamente, para ese lugar del sistema pronominal 'normalmente' se usan tres formas: tú, vos, usted. Dichas formas derivan, en el mismo orden, de los pronombres latinos de 2da. persona tu (singular), vos (plural) y de la fórmula hispana de tratamiento (derivada del plural pero con sentido de singular) vuestra merced. El cambio principal que se produce al pasar al español es que el plural latino vos  pasa a designar a un único interlocutor (singular) en situaciones asimétricas, cuando el hablante se dirige a una persona de jerarquía superior –uso que todavía se conserva en situaciones especiales-, de modo que, con esa diferencia de sentido, alternaban tú y vos para la 2da. singular.
El nuevo valor numérico de vos (singular) se mantuvo hasta hoy aunque con diferente distribución, pero además fueron mutando las connotaciones afectivas tanto de tú como de vos, pasando a indicar alternativamente sentimientos de familiaridad, distancia, reverencia, ironía, desprecio, etc., proceso que se fue cumpliendo no solo a través de los años sino también en distintos espacios y grupos sociales. El resultado fue que en algunas zonas o  grupos sociales, como Castilla y otras regiones, para el trato de confianza, familiar, se cristalizó tú, mientras que en otras zonas y otros grupos, vg. en Andalucía, hizo lo propio el pronombre vos, sin descartar, en el uso de una y otra forma, variaciones de sentido inherentes a la práctica discursiva.
Y como suele suceder cuando existen variaciones en el uso, éstas pueden cargarse con valoraciones tanto positivas como negativas. La profesora Elida Lois, entre nosotros, ha rastreado los vericuetos bastante complicados de esas realizaciones en un estudio exhaustivo que conocí pero que lamentablemente no fue publicado.
Pues bien, a partir de este panorama ya complejo en la misma península, la imposición de la lengua en nuestro continente –llevada a cabo por distintos grupos, en distintos decenios y sobre distintas comunidades indígenas- no fue homogénea, lo cual generó diferencias: los ejércitos que conquistaron los pueblos mesoamericanos y andinos impusieron su propia variedad de español, que incluía el uso de tú, mientras que los que hicieron lo propio por el Río de la Plata (y también por el Pacífico Sur) trajeron consigo vos, lo que explica el fuerte arraigo del voseo que nos identifica. Por ello podemos decir con propiedad que nuestro vos no es un barbarismo como se lo pensó durante mucho tiempo, por el contrario, es un uso bien castizo (porque tiene casta, ese término hoy en desuso que se refiere a un origen legítimo: no lo inventamos, vino de España).
Ahora bien: en el dialecto de Castilla el uso predominante era y sigue siendo tú, y como la primera Gramática (1492) procedía de esa zona, y muchos señores de la RAE también, más por esa cosa de las representaciones sociales, además de la tendencia de la Academia a restaurar la forma etimológica, tú se constituyó en norma de prestigio a expensas de vos. También es de tener en cuenta el poder político: tú era la forma usada en los Virreynatos que se constituyeron en México y Perú, mientras que por acá los voseantes eran habitantes de apenas una ciudad-fuerte que bastante más tarde subió de categoría.  
Sensibles a esta diferente valoración, en algunos países voseantes suramericanos y ya en la modernidad, la escuela logró torcer la historia –según se sabe de Chile-, no así en nuestro país, donde no se pudo desterrar el uso de vos, a pesar de que durante mucho tiempo fue aquí una forma estigmatizada y perseguida, prohibida por el Consejo Escolar de la ciudad de Buenos Aires, por lo que obtuvo felicitaciones del egregio R. Menéndez Pidal en 1948.
La prohibición entre nosotros no pudo contra la realidad y el uso consagró la forma. Nuevos vientos lingüísticos soplaron y con la vigencia del estructuralismo se reconoce en niveles académicos lo que ya la comunidad de hablantes había definido por el uso: en otras palabras, se acepta la pluralidad de normas, por la cual cada comunidad lingüística, cada centro cultural, define sus propios usos. De modo que en la actualidad se considera vos una variable legítima del español, con la forma correspondiente del verbo: sabés, en el mismo Diccionario on-line de la RAE, con lo cual docentes y oradores locales (incluidos políticos) que gusten de mostrarse cultos y bien hablados quedan eximidos del esfuerzo de usar tú, vuestro, vosotros y formas genéricas y verbales en concordancia.
Aparte, la versatilidad del uso podemos verla en muchos ejemplos de distinta índole, tanto léxicos como gramaticales: el caso del padre rioplatense que vosea a su hijo pero que en determinado momento puede decirle: -usted se calla, o más marcado aún: usted se me calla; o el porteñísimo J. L. Borges (1899), que le dice de tú  “A un gato”: eres, bajo la luna, esa pantera / que nos es dado divisar de lejos, o también Alejandra Pizarnik, poeta nacida en Buenos Aires en 1936 que escribe en su poesía “El miedo”: ¿Sabes tú del miedo? Tal vez en estos dos casos sea un rasgo de internacionalidad de los autores –es sabido en el caso de Borges, acusado tantas veces de extranjerizante; lo mismo para Pizarnik, que residió gran parte de su vida en París, ya que en el español internacional es el uso corriente. Pero también aparece en autores más bien locales como Alfonsina Storni: “Tú me quieres blanca…”, incluso en los cuentos del socialista Alvaro Yunque. Podemos entenderlo en nuestro Himno Nacional, poema del necoclasicismo, con su Oíd, mortales, pero en un socialista... En fin, hay que aceptar también ahí las variaciones.
Esto es porque en épocas anteriores se consideraba que vos no era ‘poético’ ni adecuado al registro escrito, de ahí que al escribir se lo remplazaba  por el castellano tú o se lo evitaba usando el infinitivo o la 3ra. persona del verbo. Sin embargo, aparecía escrito en la literatura, reproduciendo el lenguaje coloquial, como también en la poesía del tango: “¡Qué falta que me hacés!”, “Vení, acercáte, no tengas miedo…”, frente a unos pocos usos tuteantes en los tangos ‘decentes’ como “La brisa”:
Mas no éramos iguales, todo nos separaba
un mundo de distancias había entre los dos:
tú eras de familia muy rica y distinguida
yo en cambio solamente era un trabajador.

La 1ra. vez que apareció vos en textos propiamente escritos fue hace apenas unas décadas, en textos de publicidad. Hoy se ha generalizado su uso también en la forma escrita, de modo que aparece sin eufemismos en los textos escolares y ya en la nueva Gramática de la RAE –aunque recién en 2015- se lo admite como norma culta del español rioplatense, incluyéndola directamente en el paradigma verbal.
Un detalle: al principio se aceptó el uso del pronombre vos, no así del verbo en su forma correspondiente, acentuado en la última sílaba: vos cantás. Como la diferencia era mínima (la tilde) los preocupados por la corrección como directoras/es y profesoras/es  transigían con el pronombre pero aconsejaban hacerse los distraídos con la marca de acento. También en la pronunciación había una transición al vos cantas, menos grosero,
El uso de vos lo encontré en el DRAE 2014, concretamente en el servicio de consulta subido a Internet, donde se incluyen -si bien bastante tarde- las formas de 2da. persona del verbo tú cantas, vos cantás (¡sí, con acento!), usted canta, y así en más, en el paradigma de la conjugación. Es bueno que las/los aspirantes a magisterio tomen nota de esto.
Al respecto me parece oportuno hacer una referencia personal: algunos de mis alumnos de secundaria de fines de los ’60 y los de magisterio de las décadas siguientes tal vez recuerden, si prestaron un poquito de atención, que ya entonces esta profe incluía en la conjugación verbal las tres variaciones de la 2da. persona con sus correspondientes verbos, como seguramente otros profesores –no muchos- también lo harían, sin que le hubiéramos pedido permiso a la RAE ni a la DGCyE. Claro que de ese modo les complicábamos el cuadro, ya de por sí complicado y fastidioso para el alumno. Pero así era la lengua real. Y si no: ¿cómo podrían los alumnos entender el concepto de ‘persona gramatical’, tan presente en la lengua, si el vos no aparecía en la gramática? Traigo este recuerdo como un ejemplo de que se puede y se debe: es el pueblo, los hablantes, los que hacemos y detectamos los cambios en el lenguaje; las academias van detrás de los cambios para registrar lo que ya está instalado en el uso de una comunidad de habla.

jueves, 2 de marzo de 2017

La profesión más antigua de la humanidad
El interés por descubrir cuál es la profesión más antigua de la humanidad tiene que ver con la intnción de destacar, de una determinada actividad o trabajo existente, su condición de imprescindible, para lo cual importa no solo cuánto tiene de antigua sino si subsiste o si todavía se la requiere.  
Tareas como frotar piedras para producir fuego, tajar una pluma para escribir, practicar una sangría, mandar señales de humo, son muy antiguas pero ya no se practican –además, muchas de ellas son hoy imposibles de llevar a cabo: imaginémonos en una ciudad moderna que algún  comunicador pretenda mandar señales de humo. A su vez, los electro-informáticos resultan hoy imprescindibles, por ejemplo, ya que si se cayeran todos los sistemas -no solo el del Banco de la esquina, que nos deja muchas veces pagando-, sino absolutamente todos los sistemas del país o del mundo, no funcionarían los aeropuertos ni los tomógrafos ni el lavarropas, pararían las grúas, no cobraríamos el sueldo, dejaríamos de recibir noticias, sería el caos total, la anarquía, pero su importancia no radica justamente en la antigüedad de esas profesiones.
También tenemos que tener en cuenta que hablar de profesión implica la competencia en hacer algo que no es meramente instintivo, natural, como respirar y comer y otras parecidas. Respirar, por ejemplo: lo hacemos sin pensar y como respuesta a ciertos mecanismos innatos que funcionan maravillosamente sincronizados, al punto de que nuestro cerebro hace sonar una alarma interior y nos despierta en caso de disnea. En cambio, cuando hablamos de profesión nos referimos a una actividad concientemente asumida, que implica una preparación y que ubica a la persona en un determinado rol frente a otros.
Cuál fue la profesión más antigua, que a la vez subsiste en la actualidad y que supuestamente nunca desaparecerá, es una forma de destacar la importancia de esa probable profesión. Cómo saberlo: hoyos en las piedras, semillas guardadas, piedras para pulir, palabras del griego, relatos bíblicos, han servido para proponer diversas respuestas. Ahora bien: todos esos vestigios o documentos hallados suponen, en quien los hizo, la condición de ‘humano’, condición que, según dicen muchos científicos, tiene que ver con el surgimiento del lenguaje, ya que, como define el famoso neurobiólogo chileno H. Maturana, ‘el hombre es un ser de lenguaje’, al mismo tiempo que afirman los lingüistas que ‘el lenguaje es tan antiguo como la humanidad’.  
De modo que la clave estaría en el lenguaje. Si asociamos la profesión a un nombre que la identifique –criterio que puede ser arbitrario pero que, a falta de otro más aceptable, no deja de guardar cierta coherencia-  buceando en el lenguaje encontraríamos la respuesta
Y así vemos que -más allá de una lengua histórica como el griego, más allá de la biblia, que supone la complejidad de la escritura- existieron lenguajes mucho más antiguos como el de las señas y los gestos, que fueron mutando a sonidos y palabras y así se formaron las lenguas que hoy conocemos, básicamente de formato oral-auditivo, que procederían a su vez de aquellas lenguas-madres o proto-lenguas, existentes hace más de 7.000 años (difícil decir cuánto) en algunas zonas de Europa y Asia.
A esas lenguas-madres pertenecían unas diez palabras madres (Alatorre) que todavía sobreviven con vitalidad en las lenguas modernas y que serían entonces las palabras más antiguas de nuestra cultura. Una de ellas es la palabra meg(h)- con el significado básico de ‘más’.
Pues bien: esta antigua raíz es la que formó las actuales palabras maestra, maestro. Si esto es así, ya sabemos cuál es la profesión más antigua y permanente, que tiene que ver con la idea de ‘más’, de ‘grande’, ‘superior’.
En nuestra lengua, las palabras más, mayor, maestro, magno, majestad y otras, relacionadas todas con la idea de ‘más’, tienen una historia continua de por lo menos unos 3.000 años en las lenguas históricas conocidas, ya que proceden del latín magis, magister, pero a su vez el origen de éstas y las correspondientes a otra lenguas afines, como el adjetivo griego méga ‘grande’ (presente en megaterio, megalomanía), está en aquella antiquísima raíz.
Agregamos a esto un hallazgo: tal vez, en algún momento hubo un cruce con otro sentido, aparentemente ajeno, que puede deducirse de la existencia en el español actual de un adjetivo poco usado, pero del que da cuenta el Diccionario de la Academia Española. Nos referimos a mego/mega con el significado de ‘maravilloso, estupendo’, que los especialistas explican como un derivado popular del latín magis, magicus -de los que provienen nuestro actual mágico y también mago- que funciona también como sustantivo con el valor de ‘persona que hace encantamientos’. No es de extrañar si pensamos en los magos como sabios y maestros que enseñaban sus artes mágicas. Y también, por qué no, en los maestros y maestras, verdaderos magos y magas que deben enseñar a leer y escribir y a la vez a comer y atender a los niños en sus necesidades y problemas, con los pocos elementos materiales y simbólicos que generalmente reciben de los ministerios y funcionarios de turno.
Otro detalle interesante: de la misma raíz viene el sustantivo maia ‘mujer, madre, partera’, que puede rastrearse a lo largo de muchos siglos hasta llegar, mediante el método comparativo, a aquel antiquísimo ancestro común  (dejo las relaciones semánticas a los lectores).

Para finalizar este recorrido, la misma antigüedad que meg(h)- se reconoce a la raíz reg- ‘palo, poder’ (otra de las diez palabras madres), de la que provienen las palabras modernas regla, rey, derecho, Reich, right, entre otras. Podemos observar en esta rápida mirada por los orígenes que es tan antigua la idea de ‘maestro’ como la de ‘regla, regir, corregir’ –es decir, tener el palo o bastón de mando, el poder (¿será por eso que a maestras/os les gusta tanto corregir?). Como palabras distintas, formarían dos líneas de deriva separadas (el saber enfrentado al poder, aunque no siempre), que se unen sin embargo en sánscrito en una palabra: maharajah ‘magno rey’, ‘rey más grande’.

Por lo que pudimos ver y si pensamos con Ivonne Bordelois que “la vinculación primigenia no es nunca arbitraria”, este buceo por las etimologías ennoblece la profesióm de maestra/o, que pasa a ser, literalmente, un grande. Y no podemos dejar de mencionar aquí, aunque sea al pasar, la asociación del sonido /m/ de maestra/o con el sentimiento del ‘amor’ en las lenguas romances, según la autora mencionada.

Textos mencionados:
Alatorre (1989) Los 1,001 años de la lengua española. México, FCE. 
Bordelois (2006) Etimología de las pasiones. Buenos Aires, Libros del Zorzal.
Maturana y Varela (1986) El árbol del conocimiento. Santiago, Ed. Universitaria. 


martes, 22 de septiembre de 2015

¿Cómo se dice?

                                                                                                  Las lenguas estándar […] son quizás las formas de lenguaje menos  interesantes para cualquiera que 
se muestre interesado por la naturaleza del lenguaje humano.
R. H. Hudson

Pregunta clave. Referida al lenguaje, que es el rasgo distintivo de lo humano, expresa una preocupación –no excluyente de otras, como las referidas al vestido, los olores, las formas corporales, etc.- por ser aceptado, bien valorado, socialmente agradable, gustado. La hacen chicos y grandes, dirigida hacia quienes se supone tienen más autoridad en la materia: padres, mayores, profesionales. Tan es así que uno de los temores confesos de maestros y docentes en general es, en primer lugar, usar una palabra en la forma como no debe decirse, y luego, en algún caso concreto, no saber responder a la pregunta ¿cómo se dice? ¿se escribe con v o con b?¿cómo se pronuncia? ¿se dice rojo o colorado?
Con la pregunta  del título iniciamos algunos talleres dirigidos a maestros, docentes y estudiantes de profesorado, a la que seguía la propuesta de una serie de alternativas para casos en los que los hablantes suelen tener duda como: haya/haiga, el/la sartén, Mariela con o sin artículo, le vi/lo vi, hubo/hubieron incidentes, y otras. Ante la primera de la serie -como sabemos, el subjuntivo del verbo haber- la mayoría contestaba inmediatamente: haya, como para no dejar dudas sobre sus conocimientos de Lengua. Pero unos pocos se quedaban pensando y al final se atrevieron a responder: se dice de las dos formas. Las dos respuestas son válidas pero parten de criterios distintos: respetar la normativa en la primera -es decir, cómo se debe decir-, dar cuenta del uso en la segunda, concretamente que algunos hablantes dicen habitualmente haya y otros haiga, como es el caso de Argentina y de otros países hispanohablantes, incluiso España.
El uso de una determinada forma puede darse con respecto a grupos distintos o también en un mismo hablante, en distintas situaciones. A este respecto, dice el autor del epígrafe:
La cantidad de variación que se da de hecho en una determinada comunidad dependerá de las potencias relativas de dos fuerzas: la conformidad y el individualismo o personalismo [designados como ‘enfoque’ y ‘difusión’ por R. Le Page]. Se da la primera donde hay un alto grado de contacto entre los hablantes y concordia sobre normas lingüísticas, y suele ser típico de comunidades lingüísticas muy pequeñas y entrelazadas o de sociedades donde existe una lengua escrita muy estandarizada (sánscrito, francés, español). Se da la segunda donde no existen ninguna de dichas condiciones (gitano). Puede que también haya diferencias individuales en la disposición para crear vocabulario nuevo o para usar el lenguaje metafóricamente. En tal caso el individuo ‘creativo’ estaría yendo más allá de las normas aceptadas, y quizás rompiéndolas en circunstancias muy especiales (por ejemplo, la poesía). [texto adaptado] Hudson R. 1981: 24-25
Nuestro propósito al iniciar el taller era que tomaran conciencia del fuerte arraigo que tiene la actitud prescriptiva en la escuela, ya que éste fue el sentido con que la mayoría había interpretado la pregunta en forma inmediata. Pero nos engañaríamos si pensáramos que esa actitud se limita a la escuela, porque la misma preocupación está presente en la sociedad toda, especialmente en padres y adultos pero también es motivo de escarnio entre jóvenes y niños y constituye además tema de columnas y secciones en los medios. En ocasiones, una ‘incorrección’ léxica, gramatical u ortográfica pudo ser usada para desacreditar a más de un docente, político o escritor[1].  
Como los medios están a la pesca de los intereses y necesidades del público, la pregunta suele encabezar secciones o columnas de medios gráficos y virtuales. A modo de ejemplo transcribo literalmente el mensaje de Tonyo, un hablante nativo de español, mexicano, enviada al sitio http://forum.wordreference.com/, en el que comunica su preocupación justamente con respecto a la forma en cuestión.
mil disculpas por esta ignorancia imperdonable. algun entendido puede decirme como se dice? haya? haiga??? o halla? (verbo haber???? o auxiliar del tipo ha/han??)[2]
La consulta se refería tanto a la palabra como a la escritura, como se ve al proponer luego el problema concreto:
quiza no haiga/halla/haya nada que escribir mañana...
La pregunta generó una seguidilla de respuestas ‘correctivas’ de distinos participantes on-line:
nunca se debe decir "haiga" sino haya
"haya" es la palabra correcta para la frase de arriba.
HAYA..........¡haiga es un error garrafal que muchas personas cometen!
Haiga no existe. Haya es de haber
haiga, mas que un barbarismo es una barbaridad.
Nuestro interés en el taller no estaba precisamente en averiguar cuál era la forma correcta y si los alumnos la conocían sino en constatar que, ante la pregunta ambigua, la mayoría la interpretaba en forma inmediata en su sentido normativo, equivalente a “cómo debe decirse” o “cuál es la forma correcta”. Nuestra experiencia de hablantes nos dice también que este es el sentido que habitualmente le damos a la pregunta. No es una elección inocente, revela prioridades en la escala de valores. Es tan fuerte el interés que ponemos en ‘lo correcto’ que este sentido eclipsa al otro, otorgado por la condición impersonal del verbo en su forma pasiva, que la hace equivalente a la pregunta sobre “cómo dicen los hablantes” o “cuáles son las formas que usan los hablantes para el subjuntivo del verbo haber”.
Volviendo al foro, este segundo sentido de la pregunta aparece menos y siempre después de una serie de respuestas confirmativas del uso correcto, es decir, como producto de una reflexión, posterior a observar la afluencia de opiniones impulsivas de hablantes escandalizados ante el uso ‘vulgar’; de hecho, es una respuesta más extensa, lenta, explicativa, como si hablara un docente. Transcribo algunas:
Hola Tonyo, se dice de las dos maneras. Una es incorrecta (haiga) pero muy usada. Y la otra es la correcta haya, del verbo haber.
haiga es una forma antigua, actualmente se la considera un ruralismo. Y en algunos lugares también propio de quienes no tienen mucha educación formal por lo que se considera vulgar.
El hecho de que la primera interpretación y la más frecuente esté relacionada con lo normativo indicaría en principio que el hablante ha desarrollado una conciencia sobre la norma, su existencia e importancia social, y esto tiene que ver con que ‘sabe’ que cada vez que habla dice mínimamente dos cosas: comunica algo sobre un tema, que es lo que generalmente lo motiva a hablar, al mismo tiempo que comunica algo sobre sí mismo. Por eso no necesita de aclaración o agregados, no solo aparece en la pregunta del comienzo sino en empleos similares: no se dicen malas palabras, de eso no se habla, se hace silencio, que a pesar de su ambigüedad semántica a menudo son recibidas como ‘órdenes’ (acto de habla indirecto).
No son dos aspectos separados: el tema elegido ya dice algo del hablante en la medida en que está marcando un interés dirigido a determinadas problemáticas. Pero es más fácil controlar el “sobre qué hablamos” que el “cómo hablamos”, por lo cual tal vez este segundo aspecto dice más de nosotros que el primero. La madurez, la información, el conocimiento, van fundamentando ciertos controles que ejercemos sobre el habla: no digo trolo, no vaya a ser que piensen que soy homófobo; si decís negro sos racista, si usás la palabra sexo sos machista, así como también ‘hablan’ los gestos, las miradas, los movimientos, eso que suele llamarse ‘presencia’, además de muchos otros elementos difíciles de analizar y describir presentes en palabras como química, onda, ángel.  
Todo habla sobre nosotros, aunque no del mismo modo a ‘los otros’. En ese todo está comprendido lo que llamamos lenguaje y, como una parte específica, la lengua, es decir, el lenguaje verbal. Y aunque no es lo mismo para todas las épocas (ver Blanco), en mayor o menor medida somos concientes de que las palabras que usamos, cómo pronunciamos, qué forma verbal elegimos etc., contribuyen en gran medida a construir una imagen de nosotros frente a los otros.
A menudo se piensa esto en relación con el deseo de dar una imagen de persona ‘culta’ en el sentido tradicional, ligado a las prácticas de lectura: una persona leída, ‘pronunciar’ todas las letras, vocabulario ‘rico’, ser explícito –lo que muchas veces se juzga por la construcción de oración = sujeto + predicado, etc. Ni qué digamos del prurito de usar una terminología actualizada. Todo esto y mucho más, agregado a una capacidad de fluidez –que muchas veces tiene que ver con estados anímicos o sentimientos de seguridad y de autoestima, más que con razones lingüísticas o culturales- nos llevan a valorar positivamente a alguien que ‘hable bien’.
Pero no siempre es así. Una chica de quince años, hija de profesionales y asidua lectora desde la temprana infancia de ‘buena literatura’, se plantó un día frente a la autoridad parental: -“Me enseñaste a hablar como una vieja, desde ahora voy a hablar como mis compañeros”. También es conocido el caso de dirigente gremial, en secreto profesional universitario, que adoptó vocabulario, pronunciación, estilo, generalmente juzgados como ‘vulgares’. Así como la escuela valoriza la capacidad de habla explícita, en otras culturas pero también en la nuestra se valora en ocasiones la parquedad, el laconismo, como puede verse en este texto que integra la literatura sugerida para la educación escolar: Don Segundo Sombra de R. Güiraldes. Esos rasgos aparecen como atributos de la llamada ‘hombría’ o más bien de virilidad, en aquella escena inicial entre Don Segundo Sombra -ícono de la masculinidad- y el peoncito:
Don Segundo fue más parco aún en sus explicaciones, y yo no sabía por entonces a qué se debía ese silencio despreciativo que usan los que se van cuando hablan con los que quedan en las casas. 
-¿Podré dir yo? 
-Si te manda el patrón. 
-¿Y si no me manda? 
Don Segundo me miró de arriba abajo y sus ojos se detuvieron a la altura de mis tobillos. 
-¿Qué es lo que busca? -pregunté fastidiado por su insistencia. 
-La manea. 
-¿Ande la tiene? 
-Creiba que te la habías puesto. 
Un momento tardé en darme cuenta de su decir. Cuando comprendí hice lo posible por reírme, aunque me sintiera burlado con justicia. 
Don Segundo no fue explícito como lo hubiera sido una maestra, comunica sin utilizar el código lingüístico (Sperber y Wilson: 1994) y en esa situación, dada la cultura y el tipo de vínculos, el mensaje es más efectivo.
Es decir: no hay un único modo de hablar bien. Ya la Sociolingüística, los Estudios del Discurso, la Etnopragmática y otros, brindan aportes acerca de conceptos como adecuación, necesidades comunicativas, interacción, que comprenden la inclusión de variedades y variaciones en relación con las situaciones concretas de los hablantes.
No son siempre iguales los criterios (ver Blanco). En mis primeras etapas de docencia, allá en el siglo pasado, un punto importante, insoslayable, era enseñar Normativa, pero luego en la práctica me encontraba con que los casos en que los alumnos cometían errores eran tan pocos, que eso mismo invalidaba su inclusión como contenido. Luego, hasta los años 90 más o menos y en la cátedra universitaria, yo hacía la pregunta ex profeso ambigua: “¿Cómo hablan o hablamos los argentinos?”, o en especial los platenses, o aún más personalizada: “¿Cómo habla Maradona?” y la respuesta generalizada era “Mal”. Pero ya finalizando los 90, hecha esta pregunta a alumnos de Periodismo, fueron apareciendo diferentes respuestas, en principio relativizando la condición de ‘hablar mal’ o ‘hablar bien’, hasta que uno de los alumnos más claros me respondió: “Maradona habla mal pero no le importa”, a partir de lo cual comprendí la poca pertinencia de la pregunta y dejé de hacerla.
Esta diversidad de criterios que se va dando a través del tiempo –a modo de ejemplos, la época actual podría ser considerada como más tolerante y permisiva con respecto a la 1ra. mitad del siglo XX, en que se consideraba “grosero” el voseo (cita); luego en los ’70 se prohibían desde el poder ciertos usos lingüísticos- no se da en simultaneidad en todos los sectores, de modo que pueden coexistir actitudes elitistas y normativistas junto a otras más amplias y comprensivas. Así podemos entender cómo, en una época de apertura como la nuestra, se dan también posiciones normativistas o clásicas, usado este último en su sentido etimológico (de dar clase). Por eso no es de extrañar que, aunque se cuele subrepticiamente el lenguaje popular sobre todo a través de sus actores, la escuela conserva en gran medida una actitud conciente de condena hacia la tolerancia y la permisividad lingüísticas.
De ahí tal vez la persistencia en considerar la corrección lingüística como un valor y su peso al momento de las evaluaciones personales en la práctica escolar, que lleva a la preocupación del usuario por mostrarse poseedor de la misma. Esto no se reduce a las paredes del aula: pasa al imaginario social –creado en gran medida por la misma institución escolar, que así pasa a ser legitimadora del uso-, donde entra en conflicto con aquella actitud abierta que reconocemos para esta época, subsiste –a menudo en forma de ideal no cumplido- en la mente de los adultos, los padres de los chicos, y también los docentes, quienes como usuarios pueden practicar un lenguaje vital, vigente, no siempre coincidente con aquel que ‘deben’ enseñar. Incluimos en los que llamamos ‘docentes’ no solo a maestros y profesores sino también comunicadores, redactores e incluso cualquier hablante que se preocupe y se ocupe en dar indicaciones precisas sobre cómo usar el lenguaje, señalar errores, atenerse a lo aprobado por instituciones como las academias, porque aunque personalizamos a menudo en el maestro esta actitud correctiva, por momentos intolerante, ellos son muchas veces nada más que el elemento visible de una cadena que incluye tanto a los propios padres como a directivos, inspectores, institución escolar, instituciones académico-comerciales, etc., todos agentes de determinadas políticas culturales y educativas.
Pero volviendo al principio: no una parte menor de estas preocupaciones se concentra en la pregunta sobre los hechos fonéticos: ¿cómo se pronuncia? Acá proponíamos fenómenos de asimilación, algunos todavía no aceptados e incluso tampoco reconocidos en su existencia, como la tendencia a elisión de –s final de palabra, cambio en su articulación frente a determinadas consonantes, diptongación de vocales contiguas, que aparecen con frecuencia en las siguientes ocurrencias[3]:

me pelié
me peleé


moskito
mojkito


almuada
almoada

lohárbole
lohárboleh
losárbole
losárboles
lahkuela
laehkuela
la-ehkuela
la-eskuela
En el caso del yeísmo, en cambio, típico del habla rioplatense, ya no se lo concibe como incorrecto pero conduce a dudas y cruces ortográficos como escribir haya por halla y a la inversa, dado que ambas formas tienen la misma pronunciación tanto para yeístas como para los que no lo son (salvo los que distinguen –ll- (fonéticamente [λ])[4]:


yeísmo rioplatense:
uso castellano:
halla
(de hallar ‘encontrar’)
[´aya]
[´aia]
haya
(de haber)
[´aya]
[´aia]
Cabe aclarar que la confusión en el uso casi nunca existe –en el verdadero sentido de la palabra existir, que expresa contingencia, no esencia- porque el sentido no está en la palabra aislada sino en la palabra en contexto, en el uso concreto, en la ocurrencia.
Por razones similares se da otro tipo de fenómeno, relacionado con nuestro yeísmo, en la palabra utensilio, que la mayoría de nosotros escribe, mediante un  proceso de ultracorrección, utensillo, o los menos informados directamente utensiyo, pero nadie se equivoca con concilio. Claro que los utensilios son elementos de uso frecuente y pertenecen a un campo semántico amplio, mientras que los concilios tienen un uso restringido a personas ‘cultas’ o letradas.

Pero volviendo a la duda inicial de Tonyo, no podemos menos que hacer referencia al ‘discurso del candidato’. Como se sabe, éstos suelen usar en su discurso frases contundentes, efectistas, que los identifiquen, sean propias o ya existentes como caiga quien caiga. La frase indica firmeza, decisión, no detenerse frente a los riesgos. En estos sentidos puede equivaler a contra viento y marea, luchar contra molinos de viento, pero, a diferencia de ‘lo quijotesco’, la primera frase agrega a la idea de decisión y de arrojo un sentido de amenaza dirigido siempre hacia un otro, un desafío, hasta una provocación. No se escucha en todos los ámbitos: por ejemplo, no es esperable en la escuela ni en un tribunal de justicia pero sí en el estrado político, a tal punto que ha sido varias veces usada desde un balcón presidencial o desde el despacho del general.
Hay quienes la tienen incorporada a su discurso y quienes nunca la pronuncian, aunque todos la entendemos. Pero solo la traigo aquí porque rima con aquella forma verbal de arriba, más inocente, pero que también usó un presidente en su discurso de candidatura. Me refiero a Felipe Calderón, presidente entre 2006 y 2012 del país que tiene la mayor cantidad de hispanohablantes del planeta, es decir, México. En entrevista televisiva del 5 de junio de 2006 subida a youtube, así responde al cuestionamiento que le hace la entrevistadora acerca de los métodos empleados para llegar al poder:
Como dicen en mi tierra, haiga sido como haiga sido, yo tomaré las riendas del país[5].
La salvedad al principio lo pone a salvo de cualquier crítica porque demuestra que conoce la norma pero se atreve a desafiarla desde su lugar de poder, permitiéndose el uso coloquial, regional, por más que éste sea juzgado como incorrecto o vulgar (lo es con toda propiedad ya que, pese a las posibles connotaciones, la raíz etimológica vulgus significa ‘pueblo’ en latín). Por eso podemos decir que, pese a la condena escolar y académica, haiga sido es un uso adecuado pues dice de la decisión de no arredrarse frente a nada, ni siquiera a lo canónico, para conducir el país (se infiere que es una actitud en ese momento sentida como necesaria).
Posiblemente la frase, ya existente como tal en el habla mexicana, fue en ese momento subida a los medios, aunque éstos en general son atentos a la normativa y se preocupan por utilizar la lengua estándar. Y es así como en artículos y comentarios se la devuelve al presidente en notas críticas a su gobierno. La encontramos en un texto de una política del PRI, la Mstra. Magdalena Gómez de la Universidad Pedagógica Nacional, publicado en 2007 en el diario La Jornada de México y  titulado:
‘Haiga sido como haiga sido’ o el fin justifica los medios [6]
La forma, que podemos considerar ‘marcada’, también aparece en comentarios como el siguiente, de un usuario mexicano de Internet:
Haiga sido como haiga sido, es presidente; haiga sido como haiga sido, ya van dos años; haiga sido como haiga sido, cada día estamos más jodidos; haiga sido como haiga sido, hay algo bueno: ya sólo le quedan cuatro años. (Romeo González/México DF, 2008)
El nuevo sentido podemos verlo todavía en marzo de 2012, en sendos artículos titulados “Ley del haiga sido como haiga sido” y “Fracaso del haiga sido como haiga sido”, en la edición on-line del diario Zócalo de México.

Saliendo de ese hecho singular, la forma parece tener mucha vitalidad en México, pese a la condena generalizada  en muchos países hispanohablantes.
En algunos casos el estigma es muy fuerte. Uno de los foros por Internet se armó en base a la pregunta a los lectores sobre cuánto tiempo sostendría la relación con alguien que en la primera cita utilizase normalmente haiga.
Contestan hablantes nativos de inglés, chilenos, argentinos, uruguayos, españoles. Transcribo una respuesta:
Haces muy bien en hacer esa consulta… nunca se debe decir "haiga" sino haya. Es un barbarismo bastante extendido en mi tierra, Andalucía, y, sorprendentemente, por lo menos para mí, también en Cataluña. Por otro lado, no hay que confundir el verbo haber con el verbo hallar (encontrar).
Algunos ejemplos:
- Que yo haya (1) dicho que no lo hallo (2) no quiere decir que lo haya (1) buscado.
- Ay (3), cuánta gente hay (1) ahí (4).
1: verbo haber
2: verbo hallar
3: interjección
4: adverbio de lugar
Esto dice un mexicano:
se dice de las dos maneras. Una es incorrecta (haiga) pero muy usada. Y la otra es la correcta haya, del verbo haber.
Otro:
haiga es una forma antigua, actualmente se la considera un ruralismo. Y en algunos lugares también propio de quienes no tienen mucha educación formal por lo que se considera vulgar.
Es interesante el comentario del hablante de Uruguay porque refleja la creencia que también es nuestra y que se resumiría en la frase ‘en mi país hablamos mal’:
Me sorprendí al leer que el haiga se puede escuchar en tantos países distintos, no tenía ni la menor idea. Es bastante habitual también donde yo vivo, usado por gente con muy poca educación formal. Hubiera jurado que era algo que solo se podía escuchar por estas tierras. Todos los días se aprende algo nuevo.
En resumen: pese al estigma, la forma haiga parece tener una existencia vigorosa en muchos países hispanoparlantes, incluyendo la misma España. En este país incluso su existencia está corroborada por un regionalismo hispano, muy particular pero a pesar de ello incluido en el DRAE[7], que es el sustantivo haiga: ‘coche muy grande y ostentoso’, supuestamente proveniente  de la frase atribuida a los indianos ricos –nuevos ricos- que volvían a la península y al comprar un coche pedían el más grande que haiga.
Un buen resumen aparece en artículo de 2009 del venezolano José Antonio López[8], quien resume los valores de haiga: -sustantivo para los angloparlantes, en el sentido de ‘coche’ y también ‘género de poesía’, en traducción del inglés; -vulgarismo rural para los hablantes de muchas y diferentes regiones de Hispanoamérica; -sustantivo ‘coche’ para los españoles.
Desestima el uso como sustantivo, que es un mero españolismo, en cambio lo recupera como verbo. Cito:
pocos parecen notar que ese haiga del verbo haber aparece en regiones rurales de todos los países hispano-parlantes. Por lo tanto, es de esperar que tenga un origen arcaico común, y no sea tanto algún tipo de deformación inculta. La diferencia sería que en las zonas rurales se ha seguido hablando igual durante siglos, mientras que en las zonas urbanas ha ocurrido un cambio conjunto, sin importar que haigan quedado islas culturales donde el habla ha permanecido invariable.
Este estudioso sigue a Ángel Rosenblat en “Estudio sobre el habla de Venezuela. Buenas y malas palabras” de 1952 y “Defensa del habla venezolana” (1953):
…la lengua culta ha adoptado haya, mismo y traje, y rechaza como rústicos haiga mesmo y truje, aunque los usara Cervantes y todo el Siglo de Oro. … haiga era en la época clásica tan legítimo como haya (se apoyaba además en la analogía con caiga y traiga), y hoy es evidente vulgarismo… En los campos de Venezuela todavía se dice haiga, truje, semos, vide, mesmo… como en la buena literatura del Siglo de Oro, ¿y no parece pura arbitrariedad considerar malas unas formas tan bien conservadas sólo porque la lengua general ha sido infiel a ellas? He aquí que lo rústico consiste en la fidelidad al Siglo de Oro.
El criterio no es solo por la literatura y me parece importante destacarlo:
Una cosa nos recuerda siempre Rosenblat: sin desmerecer al habla culta, el acercamiento al habla rural, plagada de vulgarismos, debe ser respetuoso. Ese campesino que dice haiga o mesmo no está a la moda, pero está usando las mismas palabras que habría usado El Manco de Lepanto.
En el habla formal de la escuela, se impone haya. Pero no siempre están a salvo los educadores, a juzgar por este traspié del Secretario de Educación mexicano, Alonso Lujambio, en entrevista televisiva (febrero 2010), destacada enseguida por el periodismo y citada en el foro:
"La idea es que todas las escuelas compongan su himno y haiga un, haya una hermosa competencia por himnos", señaló en entrevista en Primero Noticias.
También encontramos haiga como válido en la escritura formal. Así al menos se lo puede leer en un texto serio, suponemos cuidado (http://ministeriomujervirtuosa.org/  México 2007):
Es de sumo gozo el que usted haiga llegado hasta este portal. El propósito principal del Ministerio Mujer Virtuosa es compartir el plan de Dios para su vida, por medio de la Palabra de Dios. No importa si eres soltera, casada, divorciada… Permitanos agradecerle anticipadamente por su visita a nuestra página. Nos bendice mucho el que usted nos haiga visitado...
No es para asombrarse encontrar el haiga en mensajes de Internet, ya que no se caracteriza este medio por el cuidado de la normativa, pero sí permite constatar la vitalidad de la forma:
(Alguien que pide títulos de películas:) Puede ser de comedia, drama, accion pero que haiga sexo, osea que sea bien caliente. alguna sugerencia?[9]
O este comentario de Chihuahua, México, abril 2010[10]:
(richis)… claro que es un asunto electorero, y tienen de aqui al dia de las elecciones para solucionar la problematica por la que estamos pasando todos los que vivimos en Juarez porque el dia de las votaciones debemos de darle nuestro voto a aquel que las haiga solucionado (aclarando, no al que lo haiga prometido con su acostumbrada labia, sino al que lo haiga solucionado antes de las elecciones). y si ninguno de los de siempre lo soluciona, pues votemos por alguien diferente que no sea satelite de ellos a ver si ellos pueden solucionarlo y de esa manera castigamos a los que ya nos han gobernado y que hasta ahorita no nos han cumplido (estaba el pri y no hizo nada, vino el pan y tampoco, volvio el pri y siguio igual). Es hora de exigir que nos cumplan, si no pa fuera.
En el siguiente diálogo, el hispanohablante usa haiga y el extranjero lo corrige:
1. hombre dudo que haiga una forma de saber cuando uno va morir, es mas creo que eso es ilogico.
2. "hombre dudo que haiga una forma de saber cuando uno va morir" ¡¡¡¿¿¿HAIGA????!!! Hasta yo, que soy brasileño, ¡sé que no se escribe así! ¡¡¡¡HAYA!!!!
La corrección sirve de base al humorismo, en Cuba:
"Trespatines: Yo no tengo la culpa de que esa lámpara se haiga extraviado.
 Juez: Haiga no, haya.
T: ¿No es haiga con ge?
 J:  No señor. Es haya con y griega.
 T: ¿Con y griega? ¿Y tú pa' qué tienes que meter en esto letras extranjeras?
 J: La y griega no es una letra extranjera Trespatines.
 T: ¿No dices que es griega?
 J: Sí.
 T: ¿Y qué pasó? ¿La hicieron ciudadana cubana?
 J: Mire Trespatines, si no conoce las letras vaya a la escuela.
Entendemos como Rosenblat que la variación haiga debe ser respetada -o mejor dicho es el hablante quien debe ser respetado-; acá vale también el criterio de Erica García, porque además de ser un uso comunitario puede aportar también un sentido distinto (‘el fin justifica los medios’, el ‘vale todo’ en política).
En nuestro medio la forma estigmatizada no es tan frecuente, tal vez como efecto de la escolarización generalizada. Según testimonio de muchos hablantes consultados, tiene vigencia todavía en el habla rural pero se la toma como una forma antigua. De hecho suele aparecer en textos que adoptan un estilo gauchesco. Aparece no casualmente en el Martín Fierro, cuyo autor advierte en la Carta que acompañó a la 1ra. edición del Poema (1872), que intentó presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que le es peculiar. Esto explica por qué lo pone en boca de su personaje en varias oportunidades en la Primera Parte: El gaucho Martín Fierro:
Ansí me hallaba una noche
contemplando las estrellas,
que le parecen más bellas
cuanto uno es más desgraciao,
y que Dios las haiga criao
para consolarse en ellas. 
(I, Canto IX, 1449)
En cambio, en la Segunda Parte (1879): La vuelta de Martín Fierro, donde el autor tiene como sabemos una postura distinta –que incluye el reclamo de que ‘el gaucho debe tener escuela’- la forma aparece una sola vez y en boca de un personaje secundario, que además es un viejo:  
"Ánima bendita", dijo
un viejo medio ladiao
"Que Dios lo haiga perdonao
es todo cuanto deseo,
le conocí un pastoreo
de terneritos robaos."
(II, Canto XVII, 2525)
Retomando esta connotación rural y folclórica, puede encontrarse también un uso curioso y conciente del haiga en un establecimiento dedicado a la cría y venta de caballos criollos en Córdoba (Argentina). En la página de Internet que publica el haras[11] pueden leerse nombres compuestos asignados a los caballos, en los que en la primera parte es un calco de la fórmula hispánica malhaya o bienhaya, con valor de interjección ponderativa,  pero en su versión ‘gauchesca’: BienHaigaCapitán, BienHaigaMiPrienda, BienHaigaFarrero, BienHaigaLaGurisa, BienHaigaFirulete… En una lista publicada en 2002 de más de cuarenta nombres propios calcados sobre esa fórmula, al sentido positivo de la interjección inicial, el uso ‘incorrecto’ le agrega un toque de autenticidad a la condición de ‘ser criollos’.

Resumiendo: haya y haiga pueden considerarse variedades, en tanto se atribuyen a grupos sociales definidos, y también variaciones en tanto realizan o actualizan determinadas necesidades comunicativas del hablante (el caso del candidato presidencial). Como hemos visto en los pocos ejemplos y pese a estar condenada, la segunda parece tener bastante vitalidad en el habla mexicana.
Es probable que muchos piensen que haiga es una ‘deformación’ de la forma legítima y correcta: haya. No es así, ambas son formas ‘legítimas’, ya que son producto de complicados procesos de transformación en los que se cumplen las leyes de cambio fonético estudiadas por R. Menéndez Pidal en su célebre Gramática Histórica. Allí encontramos que las dos variantes son resultado de las modificaciones fonéticas producidas por el uso durante siglos en una única forma latina para el presente de subjuntivo: habeam.[12] Esto es, no son formas anómalas ni extranjerismos sino que pertenecen a lo que el autor denomina el ‘patrimonio’ de la lengua.
Pero a pérdidas y transformaciones de sonidos hay que agregar otro proceso muy común en aquellas épocas antes de que la RAE, fundada en 1789, fijara las normas ortográficas, y es el llamado por Menéndez Pidal ‘refuerzo de la articulación’ mediante el agregado de sonidos, tal como lo podemos ver en hombre (de homine), hembra (de femina), almendra (fr. amande, ptg. amendoa), pongo (de pono), caiga (de cadea), etc. En nuestro caso el fonema/grafema agregado es g, con el que se deja constancia seguramente de algún rasgo fonético percibido por los hablantes (como actualmente en guevo, guisqui), fenómeno que se confirma por la abundante aparición en textos del siglo XVI de formas alternantes oyo/oigo, trayo/traigo, rayo/raigo (recordar que y no representa en el dialecto castellano nuestra consonante y sino un sonido palatal cerrado casi idéntico a una i muy cerrada). [13]
El mismo tipo de fenómeno se produce en otros verbos, que se registran en la época clásica en forma alternante: vaya / vaiga, haya / haiga, caya / caiga, traya / traiga, usos que aparecen en Cervantes y otros, y que “el vulgo [sic] sigue aún usando” (Menéndez Pidal 1962: 292/293). Pues bien, en unos casos la RAE fijó la 1ra. forma del par (vaya, haya), en otros la 2da. forma (caiga, traiga). Lo de ‘vulgo’ debe interpretarse en el sentido de que la forma verbal haiga no está reconocida por la RAE y, en consecuencia, no aparece en la escritura formal o canónica, pero sobre todo porque es una forma que, si bien usada por una enorme cantidad de hablantes, resulta estigmatizada por aquellos sectores reconocidos como ‘cultos’ o que han recibido una educación formal. Es la escuela la que dice: “esta es la forma correcta”. Por lo tanto es lo primero que debe aprender una maestra, para después corregir a sus alumnos…
Con criterios más actualizados –la 1ra. edición de la famosa Gramática Histórica de Menéndez Pidal es anterior a 1904- y si nos sustraemos a los juicios valorativos de la sociedad mayoritaria, podemos afirmar que las formas haya y haiga pueden considerarse productos legítimos de derivas de una misma raíz latina, que registran probablemente la misma antigüedad. Hemos visto que ambas formas subsisten en los principales países hispanohablantes. En algún momento, basándose en criterios que no conocemos, la Academia Española (s. XVIII) consagró la primera. La otra conservó su vitalidad en grupos alejados del influjo académico (poblaciones rurales, de escaso acceso a la educación formal). La última resulta condenada socialmente, lo que demuestra una vez más que la oposición correcto / incorrecto no es una cuestión de jurisprudencia lingüística.




[1] Pese a que contamos con el antecedente fuerte de Roberto Arlt
[2] Es un texto ‘copiado y pegado’ pues me pareció conveniente conservar la escritura original.
[3] Usamos el alfabeto común para representar los sonidos en forma aproximada
[4] Como la variación ‘escolarizada’ de halla [´aλa] , que es común en Misiones.
[7] En la actualidad, tras muchos cuestionamientos de lingüistas, figura en el Dicc. como ‘españolismo’.
[8] Blog “De la vida”  http://ecotonoavila.blogspot.com
[10] http://www.diario.com.mx/
[12] Esas leyes fonéticas fueron descritas a partir de los registros conservados en textos escritos de los siglos X a XVI. Los cambios sucesivos de pronunciación a partir de habeam (lat) consisten en: pérdida de la –m final, pérdida de la consonante sonora intervocálica –b- y cerramiento de la vocal central –e-, que en su posición intervocálica tiende a semivocal palatal –i, y- (recordar que ambas letras en el dialecto castellano representan un sonido similar a nuestra –i-, vocal cerrada que tiende a consonante –o sea, a cerrarse más- cuando está entre vocales).
[13] Desde el punto de vista funcional, la forma haiga tiene más poder diferenciador que haya porque evitaría confundir haya (de haber) y halla (de hallar), que se pronuncian igual tanto en el español rioplatense (yeísta) como en las variedades mexicana, peninsular y otras, no en zonas menores como el NEA.